[Gor] Los Conquistadores de Gor

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LA SEÑAL DE COLOR SANGRE

Podía oler el mar, el resplandeciente mar Thassa, del cual los mitos decían que carecía de orilla opuesta.

Me recliné sobre la borda de la pequeña barca de juncos y llené el cuenco de mi mano de agua, luego la toqué con la punta de la lengua. Thassa no podía estar muy lejos.

Tomé el remo de madera, cuya pala era de forma triangular, e hice avanzar la pequeña y ligera barca, apenas capaz de acomodar a un solo hombre, hecha de largos juncos atados con fibras de altea.

De pronto, y a mi derecha, vi a unos sesenta o noventa centímetros de profundidad el amarillento destello del vientre de un tharlarión marino que giraba veloz para atacar a una carpa o a una tortuga. A continuación, y tras la estela del tharlarión, apareció como una lluvia de pequeñas chispas amarillas procedentes, con toda seguridad, de un banco de pequeños pececillos escasamente mayores de quince centímetros de longitud, es decir, no mucho más que dientes y cola.

De entre unos arbustos a mi izquierda salió un pájaro de brillante plumaje gritando y batiendo las alas bajo el cielo azul. Un segundo después descendió rápido hasta perderse entre los cimbreantes juncos cuyas esporas eran portadoras de las semillas de los pantanos de Gor. Solamente un ave de los pantanos osa perfilarse contra el cielo y ese ave es el ul, el tharlarión alado.

No era fácil ver más allá de unos pocos centímetros de distancia, apenas más lejos que la proa de mi pequeña embarcación, mientras se abría paso por entre los juncos y las frecuentes plantas de rence.

Era el cuarto día de un viaje de seis jornadas, poco antes del equinoccio de otoño que, en el calendario común goreano, empieza en el mes de Se´Kara. En el calendario de Ko-ro-ba, que como la mayoría de las ciudades en Gor marca los años según las Listas de su Administrador, sería el undécimo de la administración de mi padre, Matthew Cabot. En el calendario de Ar era el primer año de la restauración de Marlenus, Ubar de Ubares, pero con mayor frecuencia, y para consolidar el caos cronológico de Gor, se conocía como el año 10. 119 Contasta Ar, o sea, desde la fundación de Ar.

Mis armas compartían la barca con una cantimplora llena de agua, una lata de pan y un trozo de cecina de bosko. Llevaba conmigo la espada corta goreana enfundada en su vaina, mi escudo y el casco y, envuelto en un pedazo de cuero, un largo arco fabricado de la flexible madera del Ka-la-na, el amarillento árbol del vino cuyos extremos habían sido rematados con puntas de cuernos de bosko y que había sido tensado con cuerdas de cáñamo batido entrelazado con hebras de seda. También llevaba un haz de flechas. Los guerreros de Gor, en general, desprecian el arco pero sienten gran respeto por él. Tiene el tamaño de un hombre y el dorso, la parte más distante del arquero, es plano mientras que el vientre, la parte más próxima al arquero, forma un semicírculo cuya anchura es algo menos de cuatro centímetros y su grosor, en la parte central, poco más de dos centímetros y medio. Es un arco muy recio y exige gran fuerza del arquero. Muchos hombres, incluso muchos guerreros, no son lo suficiente fuertes como para disparar con dicho arco. Con él es posible disparar nueve flechas antes de que la primera haya caído a tierra. A corta distancia la flecha puede atravesar una viga de diez centímetros; a ciento ochenta metros puede clavar a un hombre al muro y a unos trescientos metros es capaz de matar a un enorme y patoso bosko. Hábilmente manejado dispara un promedio de diecinueve flechas por ehn, medida goreana de tiempo que equivale a ochenta segundos terrestres, y se espera que el guerrero competente, no uno que sea extraordinario, coloque esas diecinueve flechas en un blanco del tamaño de un hombre desde unos doscientos treinta metros de distancia. No obstante, como arma el arco tiene grandes inconvenientes y en Gor la ballesta, inferior en precisión, distancia y velocidad en el disparo debido a su pesado cable y varillas de acero, tiende a ser favorecida. El arco no puede ser utilizado a no ser que el arquero esté de pie o arrodillado y, consecuentemente, convirtiéndose en excelente blanco para el enemigo. Tampoco resulta fácil emplearlo desde la silla de montar y es poco práctico, como arma defensiva, en distancias cortas y locales cerrados puesto que no puede llevarse cargado como un arma de fuego o la ballesta. Ésta es el arma de los asesinos por excelencia. Además, hay que hacer constar que aunque tarda más en cargarse, un hombre débil con la hebilla de su cinturón o la bobina del cable puede dominarla y, consecuentemente, por cada hombre capaz de utilizar eficazmente el arco largo del guerrero existe un sinfín de hombres hábiles en el manejo de la ballesta. Para terminar, a corta distancia exige mucha menos destreza de la que es imprescindible para el uso perfecto del arco.

Sonreí. Me sentía orgulloso al reconocer que yo era uno de los que poseía aquella habilidad.

Remaba lentamente arrodillado sobre los juncos de mi pequeña y angosta barca.

—Es el arma de los campesinos.

Aquellas palabras aún resonaban en mi mente. Sonreí de nuevo. Tarl el Viejo, mi primer maestro de armas, me había hablado así hacía ya años en Ko-ro-ba, mi ciudad, la ciudad de las Torres de la Mañana. Bajé la vista hasta el largo y pesado arco envuelto en sus protectoras pieles.

Reí.

Era cierto que el arco es un arma de campesinos, que los hacen y usan en ocasiones con gran eficacia. Esto puede inducir a muchos goreanos, especialmente a aquéllos no familiarizados con él, a menospreciarlo. Los guerreros goreanos generalmente proceden de las ciudades, son guerreros por herencia, guerreros por casta; es más, forman parte de las castas altas, mientras que los campesinos, aislados en sus pequeños campos y pueblos pertenecen a las castas inferiores. El campesino es considerado por los habitantes de las ciudades como algo muy próximo a un animal, un ente ignorante y supersticioso, mercenario y depravado, algo que se revuelca en la suciedad, algo muy parecido a una acémila. Para ellos es como un animal medio salvaje, astuto y traicionero y, no obstante, yo sabía que en cada uno de aquellos conos de paja y barro que servía de morada al campesino y a su familia había en un agujero junto al fuego una Piedra del Hogar. Los campesinos, considerados como la casta inferior de Gor por la mayoría de los goreanos, se consideran como el buey sobre el cual descansa la Piedra del Hogar; lo creen con orgullo y aseguran que es verdad.

Los campesinos solamente son llamados para defender las ciudades en caso de emergencia y, por tal razón, su arma, el arco largo, es menos conocido en las ciudades y por los guerreros de lo que se merece.

Los goreanos, en mi opinión, son a menudo, aunque no siempre, gente muy ligada a los acontecimientos históricos y a la tradición cultural, que con frecuencia son razonados hasta convertirlos en una semejanza plausible. Por ejemplo, he oído decir que los campesinos emplean el arco largo porque carecen de la habilidad para hacer una ballesta como si no pudieran cambiar sus mercancías o animales por una de estas armas si las quisieran. También se considera la pesada lanza con su cabeza de bronce y la espada de acero de doble filo como armas del guerrero goreano, de aquel que posee el verdadero espíritu guerrero, y es igualmente tradicional que los arqueros que atacan desde lejos, sin llegar a la lucha cuerpo a cuerpo, disparando sus casi invisibles haces de madera semejantes a astillas voladoras, son considerados con desprecio, casi rozando la periferia del deshonor bélico. Los villanos en la épica de Gor cuando no pertenecen a las castas inferiores por lo general son arqueros. Sin embargo, he oído decir a los guerreros que prefieren ser envenenados por una mujer que muertos por una de aquellas flechas.

Yo, quizás por no haberme criado en Gor sino en la Tierra, afortunadamente, creo no padecer tales inhibiciones. Utilizo el arco sin sentirme avergonzado o turbado. Comprendí que el arco largo es un arma magnífica y, consecuentemente, lo incluí en mi equipo bélico.

Oí el grito de un pájaro a unos treinta y cinco o cuarenta metros de distancia. Parecía el grito de la auca de pantano, especie de pato de ancho pico y amplias alas. Las chicas que trabajan en los pantanos, las hijas de los cultivadores de rence, algunas veces las cazan golpeándolas con una estaca.

En algunas ciudades, en Puerto Kar por ejemplo, el arco largo es apenas conocido. Ocurre casi lo mismo en la Gloriosa Ar, la ciudad más grande de Gor. Es algo más conocido en Thentis, en las montañas de Thentis, famosas por sus tarns, y en Ko-ro-ba, mi ciudad, en general, el arco es poco conocido. Por otro lado el arco pequeño es bastante común en Gor pero se usa para la caza menor como el crinado qualae de tres dedos, el tabuk, unicornio amarillo; y para los esclavos que intentan escapar.

A mis oídos llegó el grito de otro pájaro. Parecía ser otra auca de pantano y estar a unos cincuenta metros de distancia aunque esta vez procedía de mi izquierda.

Estaba anocheciendo. Creo que era el catorce ahn goreano. Algunos insectos revoloteaban entre los juncos pero no me habían molestado demasiado. El año estaba tocando a su fin y la mayoría de los insectos que en Gor suelen ser una plaga para el hombre estaban criando y frecuentaban los lugares donde hubiera gran cantidad de agua fresca en relativo reposo. Vi un enorme e inofensivo zarlit morado de unos sesenta centímetros de longitud con sus cuatro alas traslúcidas zumbando sobre la superficie del agua y luego descendió para pedalear delicadamente en ella. Saqué una sanguijuela de uno de los costados de mi barca con el extremo del remo de madera.

Había descendido cientos de pasangs por el Vosk, pero cuando el gran río empezó a extenderse en cientos de canales de escasa profundidad perdiéndose en los vastos pantanos de su delta que avanzaban hasta alcanzar el brillante Mar de Thassa, abandoné las barcazas y adquirí de los cultivadores de rence de la periferia del este del delta víveres y la pequeña barca que ahora conducía a través de los arbustos, juncos y las plantas silvestres del rence.

Observé que una de estas plantas silvestres tenía atado bajo los estambres y finos pétalos una tira de tejido blanco.

Remé hasta la planta y estudié el tejido; luego miré a mi entorno y permanecí inmóvil durante un rato. Al cabo de unos minutos aparté la planta y continué avanzando.

Nuevamente, y esta vez a mis espaldas, oí el grito de una auca del pantano.

No había conseguido encontrar a nadie que me guiara a través del delta del Vosk. Los dueños de las barcazas que navegan por el Vosk no penetran con sus amplias naves en el delta. Los canales alteran su curso de una estación a otra y dicho delta, con frecuencia, no es más que un laberinto de pantanos de cientos de pasangs cuadrados de desolación. En muchos lugares los canales son tan poco profundos que las grandes barcazas, a pesar de su fondo plano, no son capaces de atravesarlos y, lo que es mucho más importante, han de abrirse camino palmo a palmo cortando arbustos, juncos y enredaderas. Pero la razón más importante de no hallar guía alguno entre los cultivadores de rence en la parte este del delta era, por supuesto, Puerto Kar, que se encuentra a unos cientos de pasangs en la orilla norte próximo al Golfo Tamber tras el cual está el Mar de Thassa.

Con frecuencia se califica a Puerto Kar, superpoblado, desaliñado y maligno, como el Tarn de los Mares. En Gor su nombre es sinónimo de crueldad y piratería. Los barcos de Puerto Kar son el azote de Thassa. Son bellas galeras de proa latina que se dedican al saqueo y a la trata de esclavos desde las Montañas de Ta-Thassa en el hemisferio sur de Gor hasta los helados lagos del norte, llegando más allá de la isla de Cos y la rocosa Tyros con sus laberintos y cuevas por el oeste.

Yo conocía a una persona que vivía en Puerto Kar. Era Samos, el mercader de esclavos, de quien se decía que era agente de los Reyes Sacerdotes.

Me hallaba en el delta del Vosk camino de Puerto Kar, única ciudad de Gor que recibe a desconocidos con los brazos abiertos, aunque pocos que no sean exiliados, asesinos, proscritos o ladrones osarían cruzar los oscuros canales del delta para llegar a ella.

Evoqué la figura de Samos retrepado en su silla curul de mármol en Ar. Mostraba un aire indolente pero su indolencia era la que correspondía a un ave de presa. Sobre su hombro izquierdo, de acuerdo con la costumbre de su ciudad, llevaba las enlazadas maromas de Puerto Kar. Su atuendo era sencillo y tupido; la capucha descansaba a la espalda dejando visible su amplia cabeza, su espeso cabello blanco. El rostro atezado por el viento y el salitre estaba surcado de arrugas semejando cuero cuarteado, y del lóbulo de cada una de sus orejas colgaba un pequeño aro de oro. En él había vislumbrado poder, experiencia, inteligencia y crueldad. Me hacía pensar en un animal carnívoro que, en aquel momento, no desea cazar ni matar. No anticipaba el momento de presentarme ante él pero, según decían aquellos en quienes yo confiaba, era hombre que había colaborado de manera excelente con los Reyes Sacerdotes.

No me sorprendí al encontrar una tira de tejido rojo atado a una de las plantas de rence, ya que el delta está habitado. El hombre no lo ha abandonado totalmente para uso exclusivo de los tharlariones, los uls y las sanguijuelas marinas. Hay en él grupos de cultivadores de rence desperdigados que luchan por sobrevivir miserablemente bajo la soberanía de Puerto Kar. Aquellas tiras seguramente eran señales destinadas a los cultivadores de rence.

En Gor la planta del rence se utiliza para fabricar una clase de papel. Esta planta tiene una larga raíz de unos diez centímetros de grosor que se extiende horizontalmente bajo la superficie del agua y de la cual pequeñas raicillas descienden hasta incrustarse en el lodo. Al exterior surgen unos doce tallos de cuatro o cinco metros de altura con una sola flor en forma de espiga.

Es una planta de múltiples aplicaciones además de servir de materia prima para la fabricación de papel. La raíz, que es leñosa y pesada, puede ser tallada y usada como herramienta y si se deja secar proporciona un buen combustible. Del tallo se hacen barcas, velas, esteras, sogas y un tejido fibroso; además la médula, cruda o cocinada, es comestible. Con el pescado forma la base de la alimentación de los cultivadores de rence. Algunos hombres perdidos en el delta han muerto de hambre por desconocer este hecho. La médula también sirve para calafatear las barcas aunque, por lo general, emplean estopa y médula con alquitrán o grasa.

El papel lo hacen partiendo los tallos en delgadas y estrechas tiras dándose preferencia a los que surgen del centro de la raíz. Colocan unas tiras, formando una capa, en posición horizontal y sobre éstas otra capa en posición vertical; a continuación se sumergen en agua hasta que una sustancia gelatinosa se desprende de la fibra y une las dos capas en un solo fragmento rectangular. Estos fragmentos son golpeados con mazas y expuestos al sol para secar. Luego se pulen con conchas lisas o con pedacitos de cuerno de kailiauk. También puede utilizarse el lado de un diente de tharlarión para este menester. Después estas láminas se unen una tras otra hasta formar un rollo que generalmente contiene veinte láminas. Siempre colocan la mejor hoja de papel de forma que sirva de envoltura, no para engañar en lo que se refiere a calidad, sino porque será la más expuesta a las inclemencias del tiempo y a constantes manoseos. Existen unas ocho calidades de este papel. Los cultivadores venden su mercancía al este y al oeste del delta. En ocasiones mercaderes de rence penetran algunos pasangs en el delta en estrechas naves remadas por esclavos para efectuar transacciones. Usualmente proceden de la orilla oeste próxima al Golfo de Tamber. Pero el papel de rence no es el único papel empleado en Gor. Es muy común un papel semejante a basto lino del cual Ar es una gran productora. También son populares la vitela y el pergamino fabricados en muchas ciudades.

Vi otra tira blanca, algo mayor que la primera, atada a un tallo de rence. Supuse que era otra señal. Continué avanzando. Ahora los gritos de las aucas del pantano eran más frecuentes y más próximos. Me giré para ver a mis espaldas y luego dirigí la vista a los costados. No obstante, acaso debido a los tallos del rence y a los juncos, no podía divisar pájaro alguno.

Llevaba ya en el delta dieciséis días dejándome llevar por la corriente o remando hacia Thassa. Volví a probar el agua y esta vez el sabor salado era más fuerte y el limpio olor del gran mar estaba en ella.

Una sensación de alegría se apoderó de mí cuando empecé a remar de nuevo. No quedaba mucha agua en la cantimplora y era la última de las muchas que había traído conmigo. Casi había terminado la cecina de bosko y el pan amarillo de Sa-Tarna, que ya empezaba a estar duro.

De pronto dejé de remar. Atado a un tallo de rence había una tira de color rojo.

Entonces comprendí que las dos tiras que había encontrado antes no eran solamente señales, sino que se trataba de advertencias. Había llegado a un área del delta donde mi presencia no sería bien recibida. Había penetrado en un territorio que sin lugar a dudas alguna pequeña comunidad, acaso de cultivadores de rence, reclamaba como propio.

Los cultivadores de rence, a pesar del valor de sus productos y de los artículos adquiridos con ellos, de la protección que les brinda el pantano y el rence y el pescado que les sirven de sustento, tienen una vida difícil. No sólo han de temer a los tiburones del pantano y a las carnívoras angulas que pululan en la parte baja del delta, sin omitir las varias especies del agresivo tharlarión y el alado y monstruoso ul, sino que han de temer, sobre todo, al hombre y de ellos, principalmente, al hombre de Puerto Kar.

Como ya he dicho anteriormente, Puerto Kar reclama la soberanía del delta. Por tanto es frecuente que hordas de hombres armados aliadas con los Ubares rivales de Puerto Kar penetren en el delta, según dicen para recaudar impuestos. Los tributos exigidos a las pequeñas comunidades que hallan a su paso son, por lo general, todo aquello de valor que posean, grandes cantidades de papel rence que más tarde ellos venderán, sus hijos que serán empleados como remeros en las galeras, e hijas que se convertirán en esclavas de placer en las tabernas de las ciudades.

Miré a la tira de color rojo atada al tallo de rence. Era roja como la sangre. Su significado era obvio: no debía continuar avanzando.

Moví mi pequeña embarcación a través de los juncos dejando tras de mí la señal. Tenía que llegar a Puerto Kar.

Pero los gritos de las aucas me seguían.