[Dross] Valle de la calma

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Abraham Salgado, que tuvo un pasado más que difícil, ingresa a trabajar en un gigantesco complejo llamado Hospital San Niño, en el que se albergan también enfermos mentales. Pronto descubre, muy a su pesar, que el lugar esconde secretos colosales y perturbadores, y se vuelve cada vez más extraño y siniestro con el paso de los días.
No puede escapar de allí, haga lo que haga.
El Hospital San Niño es una trampa mortal… y amenaza con destruir a Abraham de un modo inenarrable, del mismo modo que lo ha hecho con incontables almas antes que él.

 

INTRODUCCIÓN

El hospital San Niño fue construido el 16 de julio del año 1860.
Aunque fue muy disputado, ninguno de los doce arquitectos que trabajaron
en el proyecto (que tardó casi una década en completarse) se
pudo adjudicar la autoría definitiva de la obra. El interés de estos hombres
por ser reconocidos estaba justificado; el San Niño, con una capacidad
para atender a dos mil pacientes, sería el hospital más grande jamás
construido en todo el sur del continente.

Fue el último de los arquitectos quien sin embargo tuvo el honor de
recibir el mérito y también el de colocar el nombre que llevaron las instalaciones
hasta el último día de su existencia.
Su construcción costó una fortuna a la Confederación liderada por
Justo José de Urquiza quien, tras el sangriento combate de Cepeda y con
miras al desenlace de la guerra civil que eclipsaría la batalla de Pavón,
consideró pertinente la edificación de un lugar estratégico al sur para
atender y retirar a los soldados heridos, que se contaban por miles.
Para 1900, cuando ya la Argentina era una república, el San Niño
corrió peligro de ser clausurado debido a los altos costos de su mantenimiento;
ante el equipamiento y personal que exigiría cualquier otro hospital
en grandes ciudades como Buenos Aires, el San Niño los duplicaba y
a veces triplicaba. Era, en palabras de un ministro retirado del gobierno
de Pellegrini, «un engendro».
Para los años que corrían, los titanes que no pertenecían a la clásica
Europa estaban ávidos por mostrar al mundo su formidable poderío,
preludio de un nuevo orden mundial que no tardaría muchos años en instaurarse, y para ello se valían de un presumido desfile monetario llevado
a la palestra con tanto ahínco como si del tamaño de cierta cosa íntima se
tratara: no querían cerrar el San Niño, pues se trataba de un baluarte que
representaba, con su enormidad, el tamaño del octavo país más grande
del mundo.
Pero no por ello iban a dejar de hacerlo de manera inteligente, una
inteligencia que envidiarían muchos políticos de la Argentina moderna:
no convertirían al San Niño en una ladilla gigante (qué peor pesadilla).
Así que, al cabo de poco tiempo, se les ocurrió una mejor idea: gracias a
su ubicación tan retirada —citando textualmente— «en el medio de la
nada», el lugar sería un excelente centro de retiro (o pozo con candado)
para familias de toda índole que pudieran costearlo.
Así, el San Niño encontró un nuevo y oscuro propósito.
Estar alejado del mundo y, más importante aun (sobre todo en años
consecuentes, cuando Hearst y Pulitzer se debatían el dudoso honor de
haber convertido al periodismo en un arma de destrucción masiva), de
los escándalos.
La idea funcionó tan bien que unos pocos acaudalados no solo sacaron
al San Niño de los números rojos sino que además decidieron que
había que expandir la idea con un proyecto más interesante aun: crear un
centro psiquiátrico adonde pudieran retirarse las ovejas negras, uno que
otro refugiado nazi y en especial los grandes burgueses. Todos sin riesgo
de exponerse.
El psiquiátrico, que fue construido en paralelo al hospital, tomó apenas
tres años en completarse. La idea, en esta ocasión, era simple: un
edificio idéntico al primero.
Se suponía que los costos del psiquiátrico serían mucho más bajos
porque al principio no era más que una extensión vacía del primer edificio.
Sin embargo, eso cambiaría con el tiempo, cuando la primera estrella
de cine escondiera a su hijo con síndrome de Down, o la primera
cantante italiana a su hijo adolescente drogadicto para protegerlo de los
largos brazos de la prensa europea durante los años sesenta. Ellos fueron
los pioneros en admitir toda clase de pacientes siempre y cuando, desde
luego, fueran lo suficientemente ricos para costearlo.
De ese modo, poco a poco, el psiquiátrico se volvió más próspero
que el hospital, y se transformó en una pequeña comunidad cerrada que
lo tenía todo.

El doctor en jefe, quien tenía a su cargo las dos enormes instalaciones
bautizadas bajo el mismo nombre, era para el centro lo que para un portaaviones
su almirante. Su labor médica era nimia frente al desempeño
político y administrativo que el San Niño exigía.
Este puesto recayó sobre los hombros de veintisiete personas; veintiséis
de ellos mantuvieron a flote el largo proyecto. Sin embargo, fue el
vigésimo séptimo encargado quien, a partir de la segunda mitad del siglo
xx, aumentó de forma exorbitante sus ganancias personales y las del San
Niño, hasta cierta temporada en la que, tras salir a la luz una serie de hechos
abominables, las instalaciones se clausuraron para siempre.

taurarse, y para ello se valían de un presumido desfile monetario llevado
a la palestra con tanto ahínco como si del tamaño de cierta cosa íntima se
tratara: no querían cerrar el San Niño, pues se trataba de un baluarte que
representaba, con su enormidad, el tamaño del octavo país más grande
del mundo.
Pero no por ello iban a dejar de hacerlo de manera inteligente, una
inteligencia que envidiarían muchos políticos de la Argentina moderna:
no convertirían al San Niño en una ladilla gigante (qué peor pesadilla).
Así que, al cabo de poco tiempo, se les ocurrió una mejor idea: gracias a
su ubicación tan retirada —citando textualmente— «en el medio de la
nada», el lugar sería un excelente centro de retiro (o pozo con candado)
para familias de toda índole que pudieran costearlo.
Así, el San Niño encontró un nuevo y oscuro propósito.
Estar alejado del mundo y, más importante aun (sobre todo en años
consecuentes, cuando Hearst y Pulitzer se debatían el dudoso honor de
haber convertido al periodismo en un arma de destrucción masiva), de
los escándalos.
La idea funcionó tan bien que unos pocos acaudalados no solo sacaron
al San Niño de los números rojos sino que además decidieron que
había que expandir la idea con un proyecto más interesante aun: crear un
centro psiquiátrico adonde pudieran retirarse las ovejas negras, uno que
otro refugiado nazi y en especial los grandes burgueses. Todos sin riesgo
de exponerse.
El psiquiátrico, que fue construido en paralelo al hospital, tomó apenas
tres años en completarse. La idea, en esta ocasión, era simple: un
edificio idéntico al primero.
Se suponía que los costos del psiquiátrico serían mucho más bajos
porque al principio no era más que una extensión vacía del primer edificio.
Sin embargo, eso cambiaría con el tiempo, cuando la primera estrella
de cine escondiera a su hijo con síndrome de Down, o la primera
cantante italiana a su hijo adolescente drogadicto para protegerlo de los
largos brazos de la prensa europea durante los años sesenta. Ellos fueron
los pioneros en admitir toda clase de pacientes siempre y cuando, desde
luego, fueran lo suficientemente ricos para costearlo.
De ese modo, poco a poco, el psiquiátrico se volvió más próspero
que el hospital, y se transformó en una pequeña comunidad cerrada que
lo tenía todo.

El doctor en jefe, quien tenía a su cargo las dos enormes instalaciones
bautizadas bajo el mismo nombre, era para el centro lo que para un portaaviones
su almirante. Su labor médica era nimia frente al desempeño
político y administrativo que el San Niño exigía.
Este puesto recayó sobre los hombros de veintisiete personas; veintiséis
de ellos mantuvieron a flote el largo proyecto. Sin embargo, fue el
vigésimo séptimo encargado quien, a partir de la segunda mitad del siglo
xx, aumentó de forma exorbitante sus ganancias personales y las del San
Niño, hasta cierta temporada en la que, tras salir a la luz una serie de hechos
abominables, las instalaciones se clausuraron para siempre.

 

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