[Historia] Drazen Petrovic

 

Muchas gracias a ESPN y Canal Plus España.

 

 

Hacer 500 tiros antes de ir al colegio. No marcharse a casa sin meter 100 triples tras el entrenamiento. Pedir las llaves del pabellón para lanzar hasta las tres de la mañana tras fallar dos tiros decisivos. Levantarse a las 6.00 horas, entrenarse tres horas y llegar para desayunar con sus compañeros. Irse a tirar antes del amanecer tras un viaje de seis horas en autobús. Sesiones de tiro con chaleco antibalas durante el servicio militar.

La obsesión de Drazen Petrovic por ser el mejor le llevó a protagonizar anécdotas asombrosas. Hoy, a los 25 años de su muerte, se siguen contando y, de no ser porque están documentadas, se diría que son leyendas urbanas. El genio croata (Sibenik, 1964) nació con un don, pero nadie trabajó como él para moldearlo. Así se convirtió en uno de los mejores jugadores europeos de siempre. El baloncesto le hizo eterno y su fallecimiento a los 28 años en accidente de tráfico le elevó a la categoría de mito.

El talento, el trabajo y una competitividad extrema se juntaron en 196 centímetros. Desde crío, Drazen no tuvo piedad de nadie. Ni de su hermano Aleksandar, que le inculcó el amor por el baloncesto. El mayor estaba en la Cibona. Con 15 años, el pequeño ya daba que hablar en el Sibenka de su ciudad natal. Antes de un duelo entre ambos, Aza llegó a casa de sus padres y se la encontró llena de carteles: “Los jugadores de la Cibona no son bien recibidos”. “Para él no había familiares en la cancha. Quería ganar siempre, a todo y a toda costa”, cuenta Aleksandar.

Fuera de la pista, el Mozart de Sibenik era tímido, pero al pisar el parqué mutaba en un asesino. “No volví a tener la sensación de jugar con alguien con el que sabía que íbamos a ganar fijo. Pensaba: ‘Vamos a ganar porque le vamos a dar el balón y la va a meter siempre”, recuerda Quique Villalobos, su mejor amigo en el Madrid.

Dedicado en cuerpo y alma al baloncesto, Drazen no quería distracciones. No salía y no probaba el alcohol. “La cerveza es mala para los músculos”, decía. No tenía ni teléfono. Si había cambio de horarios, debía ser su compañero quien se acercara a casa a comunicárselo.

Llegó al Madrid en 1988 tras brillar en el Sibenka y dominar Europa con la Cibona. Llegó a anotar 112 puntos en un partido. Fue el enemigo número 1 de los blancos, a los que ganó una final de la Copa de Europa y eliminó en otra edición. Y siempre provocando: puño al aire, saltitos, escupitajos… Desquiciaba a sus rivales. Arvydas Sabonis, entonces en el Zalgiris, llegó a pegarle. Sorprendió el fichaje de Petrovic por los madridistas después de que Aíto frenara su llegada al Barça.

Pitos por aplausos

“Cuando se confirmó el fichaje, preguntamos a algunos jugadores lo que opinaban de él. ‘Es un cabrón, un provocador…’, respondieron. Luego escucharon que venía y añadieron: “Pero siempre es mejor tenerlo en tu equipo”, cuenta Lolo Sainz, su técnico en Madrid. No tuvo dudas con respecto a la afición: “Pensaba que a los cinco minutos del primer partido cambiarían los pitos por aplausos y se les olvidaría todo, pero me equivoqué. Fue a los tres minutos”.

En la ACB no se suavizó su carácter. “Le gustaba jugar en pabellones en los que tenía a la gente en contra. Cuanto más le pitaran mejor”, relata José Luis Llorente. Preparaba esos duelos cantándose insultos que luego le dedicaría la grada. En pretemporada escupió al colegiado Juan José Neyro, que se vengaría en el quinto partido de la final ante el Barça en el Palau dejando a los blancos con cuatro jugadores. La Liga de Petrovic no la ganó él.

Su cumbre como madridista coincidió con la ruptura del vestuario. En la final de la Recopa de 1989 ante el Snaidero Caserta, Petrovic anotó 62 puntos en el triunfo por 117-113. Sus compañeros, con Fernando Martín a la cabeza, consideraron que había aprovechado el choque para su lucimiento y no pensando en el equipo. En el avión de vuelta, Mendoza invitó a brindar sólo al croata, lo que aumentó el enfado del resto.

Europa se le quedó pequeña y tras un solo año en Madrid, Drazen se marchó a Portland, donde apenas jugó. “Soy el jugador mejor pagado de la NBA. Gano millones por cinco minutos”, ironizaba. Se entrenó todavía más fuerte. Después de temporada y media fue traspasado a los Nets. En su primer curso entero en Nueva Jersey promedió 20,6 puntos. En el último, 22,3._Entró en el tercer mejor quinteto de la Liga, pero no en el All_Star. Un chasco.

Al final de su carrera NBA promedió un 43,7% en triples, tercer mejor registro de la historia tras Steve Kerr y Hubert Davis. “Fue uno de los primeros en alejarse de la línea. Era un tirador salvaje. Podría encajar perfectamente en el juego actual”, valora Rick Carlisle, entrenador de los Mavericks y por entonces asistente en los Nets.

Con su juego se ganó la admiración de los más grandes. “Era un reto jugar contra él. Lo hacía todo con mucha agresividad”, afirmó Michael Jordan. “No había en toda la NBA un tirador con su calidad”, aseguró Chuck Daly, su entrenador en los Nets y seleccionador del Dream Team. También inspiró a generaciones futuras incluso de Estados Unidos. “El primer jugador del que recuerdo oír hablar en mi barrio fue Petrovic. Nadie pensaba que un europeo jugara tan bien”, dice Kevin Durant.

Petrovic se codeó con los extraterrestres en una época en la que los europeos en la NBA estaban contados y en ocasiones discriminados. Sus gestas no contaron con el amplificador de las redes sociales ni los vídeos. “Consiguió un imposible. Fue el pionero. Otros han hecho más cosas, pero Drazen es el jugador más importante de la historia del baloncesto europeo”, sentencia Neven Spahija, técnico del Maccabi y su amigo de la niñez. Nadie sabe dónde habría llegado la carrera del genio de Sibenik si un camión no se hubiera cruzado en aquella autopista alemana.

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