[Los 7 Reinos] Fuego y Sangre

FUEGO Y SANGRE

George R.R. Martin

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Penguin Random House

El séptimo día del año 59 después de la Conquista de Aegon, una baqueteada nave arribaba a duras penas al Canal de los Susurros y amarraba en el puerto de Antigua. Tenía las velas parcheadas, rasgadas y cuajadas de sal; la pintura, descolorida y desconchada. El pendón que flameaba en el mástil estaba tan decolorado por el sol que resultaba irreconocible. No se descubrió su penoso estado hasta que quedó amarrada en el muelle. Era el Lady Meredith, visto por última vez al zarpar de Antigua casi tres años antes, cuando emprendía la travesía del mar del Ocaso.

Cuando la tripulación empezó a desembarcar, multitud de mercaderes, porteadores, rameras, marinos y ladrones se quedaron boquiabiertos. Nueve de cada diez hombres que pisaban tierra eran negros o parduzcos. Oleadas de entusiasmo recorrían los muelles. ¿En efecto, el Lady Meredith había logrado cruzar el mar del Ocaso? ¿Eran las gentes de tan fabulosas partes del extremo occidental tan cetrinas como los estiveños?

Tan solo cuando desembarcó el mismísmo ser Eustace Hightower se extinguieron los murmullos. El nieto de lord Donnel se encontraba demacrado y asolanado, y le surcaban el rostro unas arrugas de las que carecía al embarcarse. Lo acompañaba un puñado de hombres de Antigua, todo cuanto quedaba de su tripulación. Un agente de aduanas de su abuelo lo recibió en el puerto y cruzó con él unas breves palabras. No era que los tripulantes del Lady Meredith pareciesen estiveños; era que se trataba de genuinos estiveños enrolados en Sothoryos («por salarios de ruina», se dolía ser Eustace) para sustituir a sus hombres perdidos. El capi- tán dijo que requeriría estibadores. Llevaba las bodegas repletas de ricas mercancías…, aunque no procedentes de las tierras de allende el mar del Ocaso. «Aquello era un sueño», declaró.

Enseguida se presentaron los caballeros de lord Donnel con orden de escoltarlo a Torrealta. Allí, en el salón ceremonial de su abuelo, con una copa de vino en la mano, ser Eustace Hightower narró su historia. Los escribanos de lord Donnel se aprestaron a copiarla a medida que la relataba y, al cabo de unos días, la crónica ya circulaba por todo Poniente a través de mensajeros, bardos y cuervos.

La travesía había comenzado tan bien como cabía esperar, explicó ser Eustace. Tras rebasar el Rejo, lady Colina, a bordo del Buscaelsol, había puesto proa rumbo sursursuroeste en pos de aguas más cálidas y más propicios vientos, y el Lady Meredith y el Luna de Otoño lo habían seguido. El gran bajel braavosí era tan sumamente veloz cuando el viento henchía su velamen, que los Hightower tenían dificultades para seguir su paso. «Los Siete nos sonreían al comienzo. Teníamos el sol de día y la luna de noche, y el viento más favorable que pudieran esperar un hombre o una doncella. No estábamos completamente solos. De cuando en cuando divisábamos pescadores, y una vez, un gran navío oscuro que tan solo podía ser un ballenero de Ib. Y peces, muchísimos peces… Los delfines nadaban a nuestra vera, como si jamás hubieran visto un barco. Todos nos considerábamos benditos.»

A los doce días de plácida navegación, tras zarpar de Poniente, el Buscaelsol y sus dos compañeros se encontraban en la latitud sureña de las Islas del Verano, según calcularon, y más a occidente de lo que se hubiera aventurado jamás nave alguna…, o al menos nave alguna que hubiera regresado para contarlo. A bordo del Lady Meredith y del Luna de Otoño se abrieron barriles de dorado vino del Rejo para brindar por la hazaña. En el Buscaelsol, los marineros tomaron vino con miel especiado de Lannisport. Y si a alguno le parecía inquietante no haber visto una sola ave en cuatro días, se mordió la lengua.

Los dioses odian la arrogancia del hombre, según nos aleccionan los septones, y La estrella de siete puntas nos dice que la so- berbia precede a la caída. Muy bien podría ser que Alys Colina y los Hightower lo celebrasen con excesivo alborozo y demasiado pronto, allá en las profundidades oceánicas, pues poco después, la gran travesía comenzó a ir de mal en peor. «Lo primero que perdimos fue el viento —declaró ser Eustace en la corte de su abuelo—. Durante casi una quincena no sopló ni una leve brisa, y los navíos tan solo avanzaron hasta donde los remolcamos. Se descubrió que una docena de barriles de carne del Luna de Otoño estaban infestados de gusanos. Un ser bien diminuto en sí, aunque de muy mal agüero. Un día regresó el viento al fin, antes del ocaso, cuando el cielo se tornó rojo sangre; ante su vista, la tripulación se puso a musitar. Les dije que el sino nos sonreía, pero mentí. Antes del amanecer, las estrellas se ocultaron y el viento comenzó a aullar, y entonces se alzó la mar.»

Aquella fue la primera galerna, dijo ser Eustace. Otra la siguió dos días después, y luego una tercera, cada una más violenta que la anterior. «Las olas se erguían más altas que los mástiles, y nos rodeaban truenos y relámpagos como jamás había visto, grandes rayos que rasgaban el cielo y abrasaban los ojos. Uno alcanzó el Luna de Otoño y le quebró el mástil de cofa a cubierta. En medio de toda aquella insania, un marinero gritó que había visto unos tentáculos surgidos de las aguas, lo último que necesita oír un capitán. Para entonces habíamos perdido de vista el Buscaelsol y tan solo quedaban el Lady Meredith y el Luna de Otoño. La mar lamía las cubiertas a cada ascenso y descenso, y barría a los hombres lanzándolos por la borda, donde quedaban inanemente colgados de los cables. Vi irse a pique el Luna de Otoño con mis propios ojos. Estaba delante de mí, quebrado y ardiendo, si bien lejos, cuando de pronto una ola se alzó y lo engulló, y parpadeé y ya no estaba; así de repentino fue. No fue nada más, una ola, una ola monstruosa; sin embargo, todos mis hombres gritaban “¡Kraken, kraken!”, y nada de cuanto pudiera decirles lograba disuadirlos.

»Jamás sabré cómo sobrevivimos a aquella noche, pero lo logramos. A la mañana siguiente, la mar estaba calma de nuevo, el sol brillaba y el agua era tan azul e inocente que nadie jamás ha- bría imaginado que mi hermano flotaba allí, muerto como toda su tripulación. El Lady Meredith se encontraba en muy mal estado, con las velas ajadas, los mástiles astillados y nueve marineros desaparecidos. Rezamos por los perdidos y emprendimos las reparaciones que pudimos, y aquella tarde, el vigía divisó un velamen en la lejanía. Era el Buscaelsol, que volvía a por nosotros.

» Lady Colina había logrado algo más que sobrevivir a la galerna: había avistado tierra. Los vientos y el mar embravecido que habían apartado su Buscaelsol de los Hightower la habían arrastrado a occidente, y al rayar el alba, su vigía avistó unas aves que trazaban círculos sobre una brumosa cumbre que se alzaba en el horizonte. Lady Alys puso proa hacia ella y se topó con tres islotes. «Una montaña flanqueada por dos colinas», según su descripción. El Lady Meredith no se encontraba en condiciones de navegar, pero con la ayuda de tres botes del Buscaelsol que lo remolcaron, consiguió guarecerse al abrigo de las islas.

Las dos sufridas naves se cobijaron frente a las islas durante más de una quincena mientras se reparaban y se reabastecían las bodegas. Lady Alys se sentía triunfante. Había tierras hasta ahora incógnitas más a poniente, unas islas que no constaban en ninguna carta de navegación conocida. Dado que eran tres, las bautizó con los nombres de Aegon, Rhaenys y Visenya. Las ínsulas estaban deshabitadas, pero sus manantiales y arroyos eran abundosos, conque los viajeros pudieron rellenar los barriles con toda el agua dulce precisa. Había jabalíes también, y enormes lagartos grises del tamaño de ciervos, y árboles cargados de frutos secos y carnosos.

Tras degustar algunos, Eustace Hightower declaró que no había necesidad de aventurarse más. «Ya es más que suficiente descubrimiento —dijo—. Aquí hay especias que nunca he probado, y estas frutas rosas… Tenemos nuestra fortuna aquí, en nuestras manos.

» Alys Colina se mostraba incrédula. Tres diminutas islas, aunque la mayor tuviera un tercio del tamaño de Rocadragón, no eran nada. Las auténticas maravillas quedaban más al oeste. Puede que hubiese un nuevo Essos allende el horizonte.

«O, tal vez, otro millar de leguas de vacuo océano», replicó ser Eustace. Y aunque lady Alys porfió, rogó y tejió redes de palabras en el aire, no logró persuadirlo. «Por más que lo hubiese deseado, mi tripulación nunca lo habría permitido —dijo a lord Donnel en Torrealta—. Sin excepción alguna, del primero al último estaban convencidos de haber visto como un gigantesco kraken arrastraba al Luna de Otoño a las profundidades marinas. De haber dado orden de proseguir la navegación, me habrían arrojado por la borda y se habrían buscado otro capitán.»

Los expedicionarios se habían separado al partir del archipiélago. El Lady Meredith puso proa a oriente, camino de casa, mientras que Alys Colina y su Buscaelsol pusieron rumbo hacia occidente, en pos del sol. La travesía de regreso de ser Eustace Hightower resultó ser tan azarosa como la inicial. Hubo más galernas que capear, si bien ninguna tan terrible como la que había echado a pique a su nave hermana. Tuvieron los vientos en contra, lo cual los obligó a ir corrigiendo la bordada continuamente. Habían embarcado tres grandes lagartos grises, y uno mordió al timonel, cuya pierna se tornó verdosa y requirió la amputación. Unos días después se toparon con un grupo de leviatanes. Uno de ellos, un gran macho blanco mayor que un navío, golpeó el Lady Meredith y le quebró el casco. Después, ser Eustace cambió el derrotero rumbo a las Islas del Verano, ya que suponía que eran las tierras más próximas. No obstante, se encontraban en latitudes más meridionales de lo que creían y acabaron por no dar con las islas y encontrarse, en cambio, con las costas de Sothoryos.

«Pasamos allí un año entero —dijo a su abuelo—, tratando de dejar el Lady Meredith en buen estado para la navegación, ya que los desperfectos eran más graves de lo esperado. También había allí grandes riquezas, y no dejamos de reparar en ellas. Esmeraldas, oro, especias… Sí, todo eso y más. Extrañas criaturas: monos que caminan como hombres, hombres que aúllan como monos, guivernos, basiliscos, un centenar de variedades de serpientes, mortales todas ellas. Algunos de mis hombres desaparecieron de noche. Los que no habían empezado a morirse. A uno lo picó una mosca. Una leve picadura en el cuello, nada que temer. Tres días después se le caía la piel a tiras y sangraba por oídos, polla y culo. Beber agua salada vuelve loco, todo marino lo sabe, pero el agua dulce no es más inocua en aquel lugar. Contiene gusanos, tan pequeños que casi no se ven, y si alguien se los tragaba, ponían huevos en su interior. Y las fiebres… Apenas pasaba un día en que la mitad de los hombres estuvieran en forma para el trabajo. Todos habríamos perecido, creo, mas vinieron a nosotros varios estiveños que estaban de paso. Conocen aquel infierno mejor de lo que dan a entender, a fe mía. Con su ayuda logré llevar al Lady Meredith a Árboles Altos, y de allí, ya a casa.»

Así finalizaban su narración y su gran aventura.

En cuanto a lady Alys Colina, nacida Elissa de la casa Farman, nada podemos decir sobre el final de su aventura. El Buscaelsol desapareció por el oeste, aún en busca de las tierras de allende el mar del Ocaso, y jamás volvió a ser avistado.

Aunque…

Muchos años después, Corlys Velaryon, el joven nacido en Marcaderiva en el año 53 d. C., emprendería nueve grandes travesías con su Serpiente Marina, en las que se aventuraría más allá de donde hombre alguno de Poniente hubiera navegado jamás. En el primero de sus viajes rebasó las Puertas de Jade hasta arribar a Yi Ti y la isla de Leng, y regresó con tan rico cargamento de especias, seda y jade, que la casa Velaryon se convirtió, durante un tiempo, en la más cresa de los Siete Reinos. En su segunda travesía, ser Corlys se adentró aún más hacia oriente y se convirtió en el primer ponientí que alcanzó Asshai de la Sombra, la lúgubre ciudad negra de los domadores de sombras de los confines del mundo. Allí perdió a su amor y la mitad de su tripulación, si las narraciones son veraces…, y allí también, en el puerto de Asshai, descubrió un viejo y sumamente maltratado navío, y habría jurado que tan solo podía ser el Buscaelsol.

No obstante, en el año 59 d. C., Corlys Velaryon contaba tan solo seis años y soñaba con el mar, de modo que nos vemos en la obligación de abandonarlo y regresar al final del otoño de aquel aciago año en que los cielos se ensombrecieron, los vientos arreciaron y el invierno volvió a caer sobre Poniente.

El invierno del 59 al 60 fue excepcionalmente cruento, y en tal punto coincidían todos los supervivientes. El Norte sufrió su azote primero y peor, ya que las cosechas perecieron en los campos, los ríos se congelaron y gélidos vientos arribaron aullando sobre el Muro. Aunque lord Alaric Stark había ordenado que se conservase y apartase la mitad de cada cosecha en previsión del venidero invierno, no todos sus banderizos habían obedecido. Al ir vaciándose alacenas y graneros, la hambruna se extendió por el país, y los ancianos se despidieron de sus hijos y se adentraron entre la nieve para dejarse morir, a fin de que su progenie sobreviviera. Las cosechas se malograron en las Tierras de los Ríos, en el oeste y en el Valle también, e incluso allá en el Dominio. Quienes aún conservaban víveres comenzaron a acumularlos, por lo que en todos los Siete Reinos empezó a subir el precio del pan. El de la carne aumentó más deprisa si cabe, y en pueblos y ciudades se puede decir que desaparecieron las frutas y las verduras.

Fue entonces cuando llegaron los escalofríos y el Desconocido recorrió el territorio. Los maestres sabían de antemano de los escalofríos. Ya los habían conocido, un siglo antes, y el curso de la epidemia había quedado plasmado en sus libros. Se creía que había llegado a Poniente de ultramar, desde una de las Ciudades Libres o incluso de tierras más distantes. Las localidades que contaban con puertos, grandes o pequeños, siempre sufrían antes y con mayor virulencia el embate de la peste. Muchos paisanos estaban convencidos de que la transmitían las ratas. No las ratas grises endémicas de Desembarco del Rey y de Antigua, grandes, osadas y sanguinarias, sino las ratas negras de menor tamaño que se veían enjambradas en las bodegas de las naves fondeadas y descendían por los cables. Aunque la culpa de las ratas jamás llegó a demostrarse a satisfacción de la Ciudadela, de pronto, toda casa de los Siete Reinos, del más lujoso alcázar a la más humilde choza, se hicieron con un gato. Antes de que los escalofríos atacasen aquel invierno, los mininos alcanzaban precios de caballo de guerra.

[Los 7 Reinos] Fuego y Sangre

Por Juliana Vargas

“Me maravillo a menudo de que la historia resulte tan pesada, porque gran parte de ella debe ser pura invención”, dijo alguna vez Jane Austen, y tal vez George RR Martin esté de acuerdo.

Desde inicios de la década de los 90, Martin ha estado construyendo un universo que, con los años, ha requerido de una anécdota acá, una canción allá, un trovador que se escabulle y un maestro que recopile. Así, relato tras relato, George ha consolidado la historia de Poniente y la dinastía Targaryen…O no…Llega un momento en que las letras se salen de control, en que los personajes que una vez fueron criaturas vacías cobran vida, llega un momento en que cambian de opinión y, por su cuenta, cambian el curso de unos acontecimientos que, aunque ficticios, siguen siendo historia.

Esto es “Fuego y Sangre”, un intento de plasmar fehacientemente lo que aconteció desde la llegada de Aegon el Conquistador hasta el reinado de Aegon III, sin llegar a lograrlo del todo.

El maestre Gyldayn, autor de Fuego y Sangre
El maestre Gyldayn, autor de Fuego y Sangre

¿Quién fue Aegon el Conquistador? ¿Un liberador? ¿Un tirano? El archimaestre Gyldayn lo retrató como un hombre fuerte, pero no opresor; como un liberador más que un invasor; como un hombre cauto cuando debía y un dragón cuando lo provocaban. Rhaenys y Visenya son igualmente idealizadas al inicio del relato. La primera fue hermosa incluso bajo estándares valyrios, grácil, rodeada de poetas y bailarines. La segunda tenía una belleza tosca que igualmente paralizaba a todo ponienti, tenía un humor incisivo y una fiereza que solo podía encontrarse en ojos llameantes. Los Targaryen eran vistos como dioses, y como dioses los eternizó el archimaestre Gyldayn. Los Siete Reinos vivían en un estado constante de barbarie, muriendo tras cada guerra y reviviendo ante un nuevo suspiro que iniciaba otra. Sólo tres hermanos míticos habrían sido capaces de acabar el fuego y la sangre…a fuego y sangre. Gracias a los Siete que llegaron los Targaryen.

Pero la primera impresión siempre termina cediendo a un análisis más concienzudo. ¿Y si tanta belleza en Rhaenys se torna en lujuria? ¿Y si tanta fiereza se transmuta en ambición? ¿Y si tanta ecuanimidad se torna en indiferencia? Pero no, no entremos en ello, pues quiénes son los humanos para juzgar a los dioses. “Esto tan sólo son rumores”, dice el archimaestre Gyldayn cada vez que no quiere comprometerse.

 

Orys Baratheon derrota a Argilac el Arrogante
Orys Baratheon derrota a Argilac el Arrogante

Y esta artimaña es la que le ayuda a levantar la máscara luminosa de la que gozan los Targaryen. Los Targaryen no son eternos, bien lo supo Rhaenys cuando murió en Dorne; en cambio, los Martell pueden ser tan escurridizos como el veneno, así lo demostró Meria Martell, quien, con la tenacidad que recuerda a una Catalina Romanov ponienti, resiste tanto como la arena resiste ante el fuego. El hijo mayor de Aegon, Aenys, puede ser más parecido a una pequeña lagartija que a un legendario dragón, y Visenya puede tener el alma tan oscura como su espada, hasta ser tildada de bruja y estar ciega ante la personalidad de su hijo, Maegor.

En este punto, no pude evitar comparar a Aenys y Maegor con Caín y Abel. La oveja y el lobo, el pusilánime y el intrépido, la víctima y el monstruo. Aenys pudo ser la paz que necesitaba el reino después de la conquista, pero fue cobardía, así que Maegor decidió poner en práctica la más grande moraleja de este universo; “el Trono no es de quien se lo merece, sino de quien es capaz de tomarlo”. Maegor, a su vez, puso ser la fuerza que un continente necesitaba para no resquebrajarse, pero fue crueldad y, hoy en día, aún hay fantasmas recorriendo la Fortaleza Roja que reclaman venganza por quien los asesinó sin razón.

Como bien dice Aristóteles, todo es extremo es malo. Aenys fue defecto mientras Maegor fue exceso. Ta vez sea por esto que los Siete decidieron ser misericordiosos y enviaron a Jaehaerys, el término medio entre su padre y su tío, quien, para colmo, tuvo a su lado una de las mujeres más grandiosas que haya tenido Poniente. A Gyldayn se tomó 250 páginas en contar todas las hazañas, tristezas, alegrías, miedos y abundancia de lo que fueron las vidas de estos dos Targaryen y su gran reinado. Y cómo no, si Poniente no había conocido paz en años. Desde pequeños, Jaehaerys y Alysanne fueron decididos y se casaron en secreto a pesar del rechazo de su madre. Desde pequeños fueron conscientes, así que ambos se instruyeron en Rocadragón mientras llegaban a la mayoría de edad. Jaehaerys no quería ser una segunda versión de su padre, así que también entrenó hasta el cansancio y adquirió las habilidades guerreras de su tío. Para cuando Jaehaerys celebraba su decimosexto día del nombre, Jaehaerys y Alysanne eran la personificación de la sabiduría.

Alysanne y Jaehaerys
Alysanne y Jaehaerys

No es casualidad que se recuerde al reinado de Jaehaerys como uno próspero y pacífico. Este rey concilió a los señores que aún tenían rencores desde la época de Maegor, hizo caminos a lo largo de todo Poniente, dentro de los que se incluye el Camino Real, codificó las dispersas leyes de todo el continente, escogió hombres capaces para ocupar los cargos del Consejo Privado y hasta acabó guerras sin que en su ejército se derramara una sola gota de sangre. Por su parte, la reina Alysanne escuchó a todas las mujeres de Poniente, desde las de alta cuna en Roca Casterly hasta las prostitutas de Villa Topo; fue quien eliminó el derecho de pernada y fue siempre la primera consejera del rey Jaehaerys.

“Pero esto son sólo rumores” tuvo que decir el archimaestre Gyldayn en algún momento, y estas dudas (o secretos) vinieron de la mano de Coryanne Wylde, una de las damas de compañía de la reina Alysanne, y su libro de confesiones eróticas llamado “Alta cuna, baja cama” o “Advertencia para jovencitas”. ¿Jaehaerys perdió la virginidad con Lady Coraynne? ¿Coraynne sólo lo inició en el arte de dar placer? ¿Acaso tuvo lugar toda una orgía? No lo sabremos y nunca lo haremos, pues “son tan sólo rumores”.

Sin embargo, lo que no fue rumor fue la oscuridad que ensombreció la vida en pareja de Jaehaerys y Alysanne. Si bien fueron espléndidos reyes, no tuvieron tanta suerte como padres. Hubo varios hijos que murieron poco tiempo después de nacer, contra todo pronóstico mítico, la pequeña Daenerys murió de escalofríos, hubo putas, borrachas, niños indiferentes a su familia y…a pesar de todo el bien que hicieron, estos reyes fueron quienes pusieron la semilla de lo que se conocería luego como la “Danza de los Dragones”, debido a la cantidad de pretendientes al Trono de Hierro que surgieron de una prole tan magnánima.

El príncipe Aemond en Vhagar persigue al príncipe Lucerys en Varax
El príncipe Aemond en Vhagar persigue al príncipe Lucerys en Varax

 

“Que se definieran los sombríos, turbulentos y sangrientos sucesos de este período como “danza” nos deja perplejos por la grotesca inexactitud.  Sin duda, la frase tuvo su rigen en algún trovador. “La Muerte de los Dragones” sería un nombre mucho más ajustado a la realidad” (Archimaestre Gyldayn, “La muerte de los dragones, los verdes y los negros”).

¿Por qué no? Hay una perversa e insana belleza detrás de Rhaenyra y Aemond, de Criston Cole y Alicent Hightower, de Tyland Lannister y Daemon Targaryen. Pero dejaré que ustedes vean con sus propios ojos los colores que danzan entre traiciones, conspiraciones y dragones moribundos. Dejaré que ustedes decidan creer las palabras del septón Eustace, el maestre Orwyle o el pintoresco Champiñón, un bufón más embustero y exagerado que cualquier trovador y, aun así, más sensato que cualquier archimaestre.

Así es como la historia de los Targaryen se convierte en la historia de un poder que nace y crece, que se transforma y se retuerce, que muere y resurge de las cenizas, que duerme y se mantiene latente. Que se mantiene a flote gracias a otros intrusos que rellenan la escenografía ponienti, tales como Elissa Farman, Otto Hightower, Rogar Baratheon, el septón Barth y Corlys Velaryon. “¿Soy el rey? Si lo soy, coronadme ya”, suena la voz de Aegon II, resumiendo líneas y líneas de Fuego y Sangre, y resumiendo así también el juego de Martin, porque no debemos olvidar que esta historia ficticia sigue sus reglas, no las nuestras

¿Qué es verdad y qué es mentira? ¿Quiénes fueron realmente los idealizados Targaryen? ¿Tiene razón Gyldayn, Coraynne, Orwyle o Champiñón? Eso únicamente lo sabe Martin y, lo disfruta tanto, que se toma la libertad de escribir dos o tres versiones de un mismo hecho e incluso hacer guiños a personajes de “Canción de Hielo y Fuego”, tales como Varys, Davos, Stannis y Tyrion. Nosotros solo podemos sentarnos y disfrutar de la historia de quien el único rey es su autor, sea verdad o no, sean rumores o no, sea idealización o no, pues, aun así, podemos maravillarnos de una historia que simultáneamente es pura invención.